A mi hermano le habían traído los reyes una escopeta de balines y desde aquel día fue su fiel compañera.
A mis padres les gustaba salir al campo y nos llevaban algún domingo a la montaña. Me encantaba el olor que se respiraba, tocar la hierba y ver las flores. Me gustaba mirar ese cielo limpio, los ramajes de los árboles mecidos por el viento, los pájaros. Me encantaba centrar mi vista en el suelo y comprobar que, de pronto, todo estaba en movimiento. Diminutas hormigas que, nerviosas, buscaban el camino desbaratado tal vez por mis pisadas. Insectos minúsculos que corrían veloces, hojas que vibraban para dejar al descubierto algún extraño escarabajo. Intentaba ayudar a los que me parecían desvalidos, ponía a las hormigas en la fila o las ayudaba con sus cargamentos, daba la vuelta a algún bicho que había quedado patas arriba. Me gustaba el revoloteo de las libélulas de irisadas alas, el maravilloso colorido de las mariposas, encontrar alguna que otra mariquita y ponerla sobre mi mano ... “mariquita, mariquita, ponte el velo y vete a misa” ¡y echarla a volar!
Pero mi hermano se dedicaba a otras tareas mucho más masculinas: matar pequeños pájaros con su flamante escopeta. Me horrorizaba, intentaba con escaso éxito espantarle los que podía y se enfadaba conmigo, -bueno, mi hermano siempre estuvo enfadado conmigo- todos mis juegos le parecían cursis, el peor insulto era llamarlo “nena” y yo me tenía que doblegar una y mil veces y jugar a los suyos, a probar sus artilugios electrónicos, soportar pacientemente ver funcionar sus radios de galena o sus mecanos con sofisticados mecanismos de grúas y poleas. Otra afición eran los aeromodelos, que después de horas de montaje, íbamos a probar en familia al aeropuerto de Sabadell. La exhibición duraba poco, los aterrizajes eran forzosos y conllevaban la destrucción casi total del avión. Poco a poco fui dándome cuenta de que mi hermano había heredado el sexo con más prebendas y que a mi me tocaba el papel peor y por lo tanto el de rebelde.
Sus “genialidades” habitualmente repercutían en mí, bien ridiculizándome, bien haciéndome daño, siempre “sin querer”, como el día que me disparó en la frente y me hizo una herida, según él imposible, ya que había disparado una miga de pan. Alguno de sus entretenimientos consistían en derretir mis muñecas, que atadas de los pies con un cordel que pendïa de la lámpara, deslizaba sobre una vela encendida, o este otro tan “divertido”: con el hilo de cobre de un transformador viejo, hacía unas arañas, de patas enormes, que colgaba de la lámpara de la entrada para que se me enredaran en el pelo cuando entraba en casa cuando volvía del colegio. O esconderse en lo alto de mi armario, para cuando ya estaba todo a oscuras y leía, sacar la mano acompañándola de ruidos fantasmagóricos.
Me pasé mi infancia llorando y esto parece ser que era lo que me hacía “perder la razón”. O sea que la razón estribaba en no desquiciar a mi familia con molestos sollozos, por lo que acabábamos enzarzados en mil y una peleas. Lo suyo era demostrar su superioridad, refrendada siempre por el ambiente de machismo en el que se vivía. Debía servirle el agua en la mesa, si tenía sed, dado que la opción era o iba mi madre o iba yo. Jamás tuvo que hacerse la cama, ni lavar su ropa interior... ¡Y eso que somos mellizos!
La atracción que se añadió con la dichosa escopeta, fue disparar al blanco con unos balines que aún recuerdo, que se llamaban “El Gamo”. Mi padre era socio de un club de tiro y allí nos llevaba algunos sábados por la mañana. Nos hacía descargar y poner el seguro de las armas para que conociésemos su manejo y nunca tuviésemos un accidente (no recuerdo verlo hacer a mi hermano, quizás es porque era bastante miedoso y patoso). Recuerdo que ponían dianas que eran perfiles humanos y mi padre me dejaba el arma y yo me negaba a disparar. Por suerte, nunca fué aficionado al tiro de pichón, algo todavia más esperpéntico. Algunas veces, cuando entrábamos o salíamos, se oían los disparos y centenares de bolitas metálicas llovían sobre nosotros.
Pero lo de disparar a un indefenso pájaro me parecía ya el colmo. Mis padres me reñían por espantarle las presas y me decían que lo dejase. ¡No lo podía entender! ¡Cómo podía disparar a un pájaro! Para mí, era un drama. Iba recogiendo pájaros heridos, con el plumaje ensangrentado o el ala rota o algún que otro percance. Me lo dejaban llevar a casa y allí pasaba horas cuidándolo y viéndolo languidecer. Me quedaba la noche sin dormir, para después encontrar su cuerpo frío y sus plumas secas y sus ojos vacíos.¡Qué pena me daba!
Algunas veces caían gorriones de los árboles y yo los recogía y alimentaba, con tal suerte que me vivieron dos. El primero se paseaba por la casa, no sabía volar, pero se defendía. Un día mi padre, no se dio cuenta y se sentó encima y no sobrevivió.
El otro, el de la foto, en esta que estoy con un vestido de rayas azules y blancas y que tengo al pajarito, que ya no recuerdo si tenía nombre, pero que cuidé desde que era un esmirriado bebé pájaro, de boca enorme y cuatro plumas. Lo llevaba a todas partes conmigo, siempre en mi hombro, y le daba de comer migas de pan que cogía ya de mi boca. Incluso me lo llevé a un viaje en el que fuimos a visitar a mi abuela. Mi abuela pasaba el invierno en Valencia, que era dónde estudiaban mis tíos. Era o es, una casa de siete u ocho pisos en el centro, solamente recuerdo esto del viaje y que mis tíos se dedicaban a estudiar oposiciones a Notaría. Los recuerdo a los dos en sus habitaciones, llenas de libros y de apuntes y que se pasaban horas y horas allí metidos. Salimos de compras o de paseo, no sé a que salimos, pero dejé al pajarito en el trastero y cuando volvimos, el pájaro ya no estaba. Mis tíos lo habían echado por la ventana que daba al patio de luces, según ellos, porque era mejor que volase. ¡Pero si no sabía volar! ¡Era mi pajarito! Era un cuarto piso, lo busqué y busqué, pero no estaba. Era imposible que volase y que hubiese podido sobrevolar los tres pisos. Me pasé llorando todo el día. Nunca entenderé porque lo hicieron, al igual que no entenderé nunca cómo mi hermano podía disparar a pajaritos.











