jueves 16 de febrero de 2012

El pajarito


A mi hermano le habían traído los reyes una escopeta de balines y desde aquel día fue su fiel compañera.
A mis padres les gustaba salir al campo y nos llevaban algún domingo a la montaña. Me encantaba el olor que se respiraba, tocar la hierba y ver las flores. Me gustaba mirar ese cielo limpio, los ramajes de los árboles mecidos por el viento, los pájaros. Me encantaba centrar mi vista en el suelo y comprobar que, de pronto, todo estaba en movimiento. Diminutas hormigas que, nerviosas, buscaban el camino desbaratado tal vez por mis pisadas. Insectos minúsculos que corrían veloces, hojas que vibraban para dejar al descubierto algún extraño escarabajo. Intentaba ayudar a los que me parecían desvalidos, ponía a las hormigas en la fila o las ayudaba con sus cargamentos, daba la vuelta a algún bicho que había quedado patas arriba. Me gustaba el revoloteo de las libélulas de irisadas alas, el maravilloso colorido de las mariposas, encontrar alguna que otra mariquita y ponerla sobre mi mano ... “mariquita, mariquita, ponte el velo y vete a misa” ¡y echarla a volar!
Pero mi hermano se dedicaba a otras tareas mucho más masculinas: matar pequeños pájaros con su flamante escopeta. Me horrorizaba, intentaba con escaso éxito espantarle los que podía y se enfadaba conmigo, -bueno, mi hermano siempre estuvo enfadado conmigo- todos mis juegos le parecían cursis, el peor insulto era llamarlo “nena” y yo me tenía que doblegar una y mil veces y jugar a los suyos, a probar sus artilugios electrónicos, soportar pacientemente ver funcionar sus radios de galena o sus mecanos con sofisticados mecanismos de grúas y poleas. Otra afición eran los aeromodelos, que después de horas de montaje, íbamos a probar en familia al aeropuerto de Sabadell. La exhibición duraba poco, los aterrizajes eran forzosos y conllevaban la destrucción casi total del avión. Poco a poco fui dándome cuenta de que mi hermano había heredado el sexo con más prebendas y que a mi me tocaba el papel peor y por lo tanto el de rebelde.
Sus “genialidades” habitualmente repercutían en mí, bien ridiculizándome,  bien haciéndome daño, siempre “sin querer”, como el día que me disparó en la frente y me hizo una herida, según él imposible, ya que había disparado una miga de pan. Alguno de sus entretenimientos consistían en derretir mis muñecas, que atadas de los pies con un cordel que pendïa de la lámpara, deslizaba sobre una vela encendida, o este otro tan “divertido”: con el hilo de cobre de un transformador viejo, hacía unas arañas, de patas enormes, que colgaba de la lámpara de la entrada para que  se me enredaran en el pelo cuando entraba en casa cuando volvía del colegio. O esconderse en lo alto de mi armario, para cuando ya estaba todo a oscuras y leía, sacar la mano acompañándola de ruidos fantasmagóricos. 
Me pasé mi infancia llorando y esto parece ser que era lo que me hacía “perder la razón”. O sea que la razón estribaba en no desquiciar a mi familia con molestos sollozos, por lo que acabábamos enzarzados en mil y una peleas. Lo suyo era demostrar su superioridad, refrendada siempre por el ambiente de machismo en el que se vivía. Debía servirle el agua en la mesa, si tenía sed, dado que la opción era o iba mi madre o iba yo. Jamás tuvo que hacerse la cama, ni lavar su ropa interior... ¡Y eso que somos mellizos!
La atracción que se añadió con la dichosa escopeta, fue disparar al blanco con unos balines que aún recuerdo, que se llamaban “El Gamo”. Mi padre era socio de un club de tiro y allí nos llevaba algunos sábados por la mañana. Nos hacía descargar y poner el seguro de las armas para que conociésemos su manejo y nunca tuviésemos un accidente (no recuerdo verlo hacer a mi hermano, quizás es porque era bastante miedoso y patoso). Recuerdo que ponían dianas que eran perfiles humanos y mi padre me dejaba el arma y yo me negaba a disparar. Por suerte, nunca fué aficionado al tiro de pichón, algo todavia más esperpéntico. Algunas veces, cuando entrábamos o salíamos, se oían los disparos y centenares de bolitas metálicas llovían sobre nosotros.

Pero lo de disparar a un indefenso pájaro me parecía ya el colmo. Mis padres me reñían por espantarle  las presas y me decían que lo dejase. ¡No lo podía entender! ¡Cómo podía disparar a un pájaro! Para mí, era un drama. Iba recogiendo pájaros heridos, con el plumaje ensangrentado o el ala rota o algún que otro percance. Me lo dejaban llevar a casa y allí pasaba horas cuidándolo y viéndolo languidecer. Me quedaba la noche sin dormir, para después encontrar su cuerpo frío y sus plumas secas y sus ojos vacíos.¡Qué pena me daba!
Algunas veces caían gorriones de los árboles y yo los recogía y alimentaba, con tal suerte que me vivieron dos. El primero se paseaba por la casa, no sabía volar, pero se defendía. Un día mi padre, no se dio cuenta y se sentó encima y no sobrevivió.


El otro, el de la foto, en esta que estoy con un vestido de rayas azules y blancas y que tengo al pajarito, que ya no recuerdo si tenía nombre, pero que cuidé desde que era un esmirriado bebé pájaro, de boca enorme y cuatro plumas. Lo llevaba a todas partes conmigo, siempre en mi hombro, y le daba de comer migas de pan que cogía ya de mi boca. Incluso me lo llevé a un viaje en el que fuimos a visitar a mi abuela. Mi abuela pasaba el invierno en Valencia, que era dónde estudiaban mis tíos. Era o es, una casa de siete u ocho pisos en el centro, solamente recuerdo esto del viaje y que mis tíos se dedicaban a estudiar oposiciones a Notaría. Los recuerdo a los dos en sus habitaciones, llenas de libros y de apuntes y que se pasaban horas y horas allí metidos. Salimos de compras o de paseo, no sé a que salimos, pero dejé al pajarito en el trastero y cuando volvimos, el pájaro ya no estaba. Mis tíos lo habían echado por la ventana que daba al patio de luces, según ellos, porque era mejor que volase. ¡Pero si no sabía volar! ¡Era mi pajarito! Era un cuarto piso, lo busqué y busqué, pero no estaba. Era imposible que volase y que hubiese podido sobrevolar los tres pisos. Me pasé llorando todo el día. Nunca entenderé porque lo hicieron, al igual que no entenderé nunca cómo mi hermano podía disparar a pajaritos.  

viernes 28 de enero de 2011

Un poco de nostalgia

Mi abuela , mi hermano, Loli y el empeño de mi madre de que tuviese el pelo rizado
Era muy pequeña y todavía lo recuerdo. Vivíamos en una casa a las afueras, una casa con un porche y un gran jardín trasero al que se accedía por el salón. Antes del jardín se abría una zona enmarcada por unas columnas que sostenían la terraza y en ellas se enroscaban unas impresionantes enredaderas, de tronco robusto, que se alzaban retorcidas entrelazándose entre los barrotes de la terraza. En verano se cubrían de flores sus ramas, hermosos racimos de aterciopeladas flores violáceas de olor exquisito. También en el seto había un jazmín de diminutas flores blancas, sus olores se mezclaban e invadían el ambiente y se colaban en mi habitación, que casi ya no recuerdo, como tampoco recuerdo las facciones que tenía entonces mi madre, ni mis pequeñas manos. Esas que esperaba ver crecer y que se perdían en aquellas inmensas manos de mi padre. Pero el perfume sí, ese aroma delicado y embriagador lo recuerdo como si fuese hoy. También recuerdo esa luz que se filtraba tras la ventana, esas ramas desiertas que de pronto se llenaban de minúsculas hojas o de racimos que como en una magnífica orquesta, iban haciendo su entrada con sus variados acordes de color, dando lugar a una maravillosa sinfonía que anunciaba la llegada de la primavera. Recuerdo esas comidas o cenas en el jardín, con el ruido del agua y las flores cayendo sobre el plato, esas flores que tapizaban el camino y en las que hundía los pies y los arrastraba haciendo montículos y ruido, ese trinar de pájaros, esas hormigas que intrigada reseguía ayudando a alguna a llevar su penosa carga. Los "san antonio" que con solo un roce se enroscaban en su perfecta armadura negra. Las libélulas con sus irisados colores revoloteando sobre el agua, las"mariquitas" que nunca tenían siete manchas (como los "cien pies" que aunque no se las conté, nunca tuvieron cien) pero que con esmerado cuidado recogía, para soplar después en un rito donde no podía faltar el "a volar", como no puede faltar un deseo al soplar una flor seca de "diente de león".




Ya en el jardín había una fuente, esa que ambientaba las noches con su gorgoteo, con una estatua de la que caía agua de una especie de cuerno de la abundancia (ya no hay nadie para recordármela). Allí nos bañábamos nosotros dos, con cierto respeto a aquella figura andrógina y esbelta que nos observaba. Después había una balaustrada que separaba de la parte inferior del jardín, aquella en la que montábamos a caballo hasta que tras repararla (y prohibirnos subir a ella) dejó de ser de nuestro interés.
La casa tenía muchas escaleras, o eso es lo que recuerdo porqué caí rodando por la mayoría de ellas. Una de las escalinatas subía a las habitaciones y en invierno la cubrían de una gruesa alfombra que rodeaba el distribuidor. Sobre ella deslizábamos un improvisado carricoche, obtenido tras una incursión en el desván, en el que recuperamos lo que parecía ser nuestro antiguo moisés, desvencijado y roto, al que pasamos de inmediato a darle una utilidad nueva. Sentados dentro, con los pies colgando metidos en el horadado fondo y el otro empujando (normalmente yo) nos deslizábamos a trompicones por aquella apasionante ruta de pocos metros pero de múltiples obstáculos y precipicios. Pero en aquellas edades las dichas son efímeras y mi madre, ante nuestro asombro, nos lo arrebató y tiró a la basura.
Una tarde en la que habían dejado una caja cerca de la barandilla de la terraza del primer piso y la chica que teníamos en casa (no recuerdo si Loli era la chica o la niñera), estaba limpiando tranquilamente un sillón, viendo yo la improvisada escalera, me subí y alcanzando la barandilla me senté, balanceando mis pies alegremente como si de un columpio se tratase. Hasta que descubrí una figura de expresión inenarrable, que en lugar de andar casi reptaba y después noté que me cogían bruscamente de un pie sacándome de mi improvisado asiento...¡Era mí madre con cara desencajada al borde del ataque de nervios! Sin saber yo ni porqué, me cogió en brazos como si hubiese ocurrido algo terrible. La chica estaba roja, sollozante, con el cepillo escurriendo agua, esperando la reprimenda que no sé si recibió o con el susto tuvo bastante.
La casa tenía unos tapices que me imponían mucho respeto y con los que soñaba despertándome angustiada por las noches. Uno de ellos, los otros no los recuerdo, tenía una escena de caza, o eso supongo, en el que se veían tres grandes perros que eran iguales a los de nuestra vecina que vivía enfrente. Su casa tenía tantos árboles que nunca vi ni a la vecina, ni a la casa, pero sí a los perros que se escapaban y venían husmeando las paredes de la entrada. Yo me subía corriendo a la verja y me agarraba a la reja, apoyada en el minúsculo resquicio, esperando aterrorizada no resbalar y que se fuesen los perros. Después, cuando se iban, bajaba, pero la herrumbre de la verja me dejaba sucia la ropa y ásperas las manos y me reñía mi madre, que estaba siempre llena de las ausencias de mi padre y se sentía impotente de bregar con nosotros. Yo no entendía nada, como el día que llegado papá de su trabajo y nos preguntó, como era habitual, por las cosas que habíamos hecho aquel día, que qué tal el colegio, que si nos habíamos portado bien y todas esas cosas que formaba el ritual, en el que cansado de guardias y de trabajo, se acercaba a nosotros y rescataba a mi madre. Ese día, haciendo un juego de palabras, tenía cuatro años, dije caña y después caño y después coñ...Y me llovió una bofetada que me dejó los dedos de su inmensa mano marcados en la cara. Supongo que ahí empezó ese poso de no entender nada, ese desconcierto que da el no saber si te aman o qué es lo que has hecho o no has hecho para no merecerlo. Ahora, cuando releo las pocas cartas que me han llegado de él, cuando releo su amor, perdido hace tanto tiempo, ya no me duele su mano sino su ausencia y me duele ese cansancio que me robó sus "te quiero".
Su voz todavía espera que la rescate, encerrada en unas cintas de magnetofón antiguas, en ellas esta su voz y mi voz juntas, ancladas ya sin tiempo.

Un poco de nostalgia de esa mi historia, en la que ya solo queda mi memoria y mi hermano, al que no veo desde hace siglos.

miércoles 5 de enero de 2011

El secreto de la magia

He recordado un día como hoy de hace mucho tiempo, cuando todavía creía en los Reyes. Me sorprendía aquel aspecto tiznado o blanquecino de sus caras, aquellas barbas rubias o blancas de toques esperpénticos medio despegadas, con ropajes raídos de terciopelos desgastados y coronas fulgurantes de oro y pedrería. Surgían por doquier en tiendas y en esquinas, ataviados de pajes o de servidores y recibían corteses nuestras demandas, aquellas cartas escritas a lápiz de cosas imposibles, que durante el breve tiempo entre su escritura y su desenlace, las creíamos nuestras con la ilusión que da la esperanza y la confianza de nuestra ingenuidad.
Aquella noche en la que mi hermano y yo nos íbamos temprano a la cama, nerviosos, expectantes a algún ruido, acurrucados en esa vigilia que nos arrebataba el sueño y que después adormecidos, sobresaltados nos levantábamos presurosos para ver si habían pasado, sin entender el cómo y el por qué de su viaje. Ires y venires infructuosos de desesperanza donde inquietos volvíamos a la cama no sabiendo qué era lo que habríamos hecho, ni qué exactamente había ocasionado el castigo de no dejarnos nada. Era con la luz matutina que al final, entre celofanes y cintas aparecían los paquetes de alegres coloridos. Abrir las cajas, deshacer alambres y cuerdas y ¡oler a muñeca! Su vestido nuevo, sus zapatos, su cabello rubio (bueno, una vez fue una hawaiana). Embelesados ¡podía haberse acabado el mundo que ni nos hubiésemos enterado!


Era pequeña cuando mi hermano le preguntó a mi padre si eran ellos esos seres irreales que regalaban juguetes sin sentido, mi padre asintió. ¡No me lo podía creer! Pensé que era una broma, yo no había oído nada y a mí, en esa confianza ciega en mis padres, ni se me pasó por la cabeza dudar de aquella "magia"y de aquellos seres con el don de la ubicuidad, venidos de Oriente lugar recóndito e inaccesible en el que moraban todo el año acechando nuestras faltas.
¡No lo podía comprender!...Pero lo vi claro de repente y todo me cuadró. ¡Me dio una pena inmensa saber que era un engaño! Creo que desde en ese momento nació en mí la duda sistemática y ese escepticismo que me ha hecho desmenuzarlo todo. A pesar de ello, cada año miro el salón por si acaso hay algún paquete envuelto a mi nombre.

miércoles 1 de diciembre de 2010

Qué fue de nosotros


Mi hermano es el de la izquierda  y yo soy la segunda  de la derecha
Mi madre charlaba con unas amigas bajó la enorme magnolia, al lado del seto recortado que por la noche se llenaba de pequeñas luciérnagas, pequeños regueros de luces que como farolillos iluminaban las hojas.
Debía ser muy pequeña ya que al poco tiempo, hubo trajín de maletas y de cajas, deshacer de colchones y limpieza de sofás para su posterior traslado. No debía haber cumplido los cinco años.
Estaba aburrida de oír monótonas conversaciones y buscar alguna estampa en aquellas novelas que leía mi madre.
Jugueteé con unas llaves que rápidamente me fueron arrebatadas. Intenté montar a caballo sobre unos barrotes de la balaustrada que ya en otras ocasiones había fustigado con brío, a galope sobre el frío lomo de aquel mármol que el balanceo había despegado de sus cimientos. De inmediato mi madre ordenó a la niñera que me bajara. Fui en busca de mi hermano que jugaba con un triciclo. Intenté infructuosamente arrebatárselo, pero no pude, así pues decidí vagar por la casa.
En un rincón estaba el cesto de la ropa que todavía olía a ozono y a azúlete. Miré el improvisado refugio y metí dentro. Quedé adormecida entre toallas y sábanas, entre iniciales enlazadas de variado colorido. Entre pijamas, camisas y pañuelos con el mismo logotipo aún no codificado.
Oía el rumor de las voces de mi madre y sus amigas. Encogida, abrazada a mis rodillas, hecha un ovillo, cerré los ojos y recordé...
...estaba en una playa con mi hermano, yo jugaba en la arena... una enorme ola me arrastró... veía a mi padre reír y a mi hermano llorar desconsolado.
No quería respirar aquella agua salobre y amarga, pensaba en mi hermano, al que tal vez no vería más... no podía resistir y aspiré. No paso nada, simplemente noté el agua inundar mis pulmones y vi alejarse a mi padre y a mi hermano que todavía lloraba... o no, porque su imagen difuminada iba desapareciendo.
Desperté sofocada por el calor, allí tapada en pleno mes de Julio dentro de aquel cesto de mimbre. Noté mis ojos llorosos y un regusto a sal en la boca. Busqué un pliegue y hurgué hasta encontrar un boquete por el que entró el aire fresco y allí, en aquella improvisada burbuja, oí a mi hermano que me llamaba...

No entendía por qué mi cuerpo se separaba de pronto del suyo, por qué siendo sus manos iguales y igual su estatura  no podía dominar sus movimientos.
Ordenaba a mi mano alzarse, moverse y se movía. Indicaba una acción a mis dedos y respondían, pero no conseguía ni un movimiento en mi hermano que impasible a mis indicaciones saltaba y brincaba a su antojo sin conexión ninguna con mi pensamiento. Todo esto lo soñaba o lo pensaba, allí encogida, escondida en mi improvisado escondrijo.
Mi madre hacía rato que había perdido los papeles y vociferaba histérica.
Estaba absorta en mis pensamientos, lo recuerdo como si fuese hoy, todo me era ajeno. La voz de mi madre iba alzándose por momentos, junto a ella, buscándome estaba medio pueblo.
Abrieron armarios, buscaron bajo camas y mesas. En la alacena, en el sótano. Subieron terrazas, removieron piedras y ramas, y ni rastro... Se oían carreras, ires y venires de mi madre, la niñera, sus amigas y un sinfín de vecinas que habían encontrado un motivo para animar sus aburridas tertulias.
Al fin parecí tomar conciencia de lo que me rodeaba. Fue terror lo que sentí correr por mis venas y lo que paralizó todos mis movimientos. Sudaba allí tapada y pensé en respirar y ahogarme, pero ya no era agua sino sábanas recién oreadas y no era mi hermano sollozante, sino mi madre gritando como una posesa y haciendo bajar al pozo, por si acaso había caído, no se sabe cómo, por entre la gruesa reja que lo tapaba.
- Habrá caído al pozo.
Decía una vecina animando a mi madre.

- A lo mejor la han raptado
Decía otra más animosa. Mi hermano sollozaba.
Mi corazón latía y noté mi sangre correr por mis venas, porque un día las vimos al trasluz, nuestras pequeñas manos, iguales, rojas, remarcadas por unos surcos. Quedamos absortos con el descubrimiento que ahora mi hermano no recuerda, como no recuerda nada de lo que explico, ni vivimos los dos tan cerca. Pensé que moriría, como aquel niño que venía a jugar con nosotros y que después vimos en un pequeño féretro blanco en el que mi madre explicó que se había ido. Ni mi hermano ni yo entendimos como se podía haber ido en aquella pequeña caja, hasta que mi madre nos explicó que había muerto. Ni mi hermano ni yo sabíamos lo que quería decir “muerto”. Pero me daba pena no verlo más y oír los llantos que llegaban hasta mi casa, que no sé ya si eran llantos o maullidos de gato que a mí me asustaban tanto como los llantos, o como los gusanos de seda que después se convertían en peludas mariposas parecidas a las de la luz que revoloteaban atontadas sobre las luces del jardín y caían deslumbradas, casi siempre sobre mí..
En aquel momento mi hermano pasó junto al cesto y me descubrió...
- Por favor... que no me riñan, supliqué y fue el único abrazo que le recuerdo.
Ese mi hermano, ese que descubrió sus venas y su vida junto a mí, casi no sé de él. Mi madre me arrebató su amor, monopolizó el de mi padre y el suyo y yo esperando que me llegase la vez.

domingo 21 de noviembre de 2010

¡Qué magnífico regalo!


Esta planta era de mi madre, un Tronco del Brasil , la tenía en un rincón lleno de luz y se había hecho enorme. Estaba orgullosa y sorprendida porque una día floreció, cosa extraña en estas plantas. La flor con una aroma extraordinario le inundó la casa de un intenso perfume.
Todavía me sorprende ver la planta, su planta y su vacío. Mi madre murió, qué extraño me parece,  cómo recuerdo su rostro, sus frases, sus manos, sus poemas siempre melancólicos de aquella primavera que se le fue.  La hubiese querido tener a mi lado, haber podido ofrecerle tranquilidad y sosiego, verla feliz. Era mi máxima admiradora y pacientemente oía y elogiaba mis escritos, era cariñosa y afectiva pero su vida estuvo siempre pendiente de mi padre y después de mi hermano. 
A la izquierda de la imagen está mi madre y sus padres, mi abuela con mi tía en brazos, los demás niños son sus hermanos. La pareja de al lado son sus tíos Leopoldo y Carmen hermana de mi abuela, poco tiempo después fallecia mi abuelo.
 
Mi infancia no fue fácil; mi madre tenía problemas de ansiedad (yo no sabía entonces lo que era y ella tampoco y aún menos los demás). Estaba muy sola porque mi padre tenía muchas guardias y se pasaba mucho tiempo lidiando con nosotros, que no parábamos de pelearnos. Mi padre venía cansado y  era un ten con ten el procurar que no hiciésemos ruido y dejásemos a mi padre dormir.
La única distracción de mi hermano era molestarme y hacer gracias a costa mía, pero lo adoraba (él a mí no). Estaba convencida de que me casaría con él  (lo conocía de toda la vida), a pesar de que siempre me hacía llorar, de sus bromas que pasaban por destrozarme muñecas o ridiculizarme todo el día y de acabar siempre haciéndome daño. Esto dejaría profunda huella en mí, interiorizando cierto masoquismo (si no no se entiende). El ser ciudadano de segunda categoría me rebelaba y esa rebeldía la pagué muy, pero que muy cara.

Yo sentía adoración por mi padre. Hacía de Frankenstein cansado y dormido a su vuelta del trabajo, me perseguía por la casa con los brazos extendidos, tambalente, siniestro, hasta que yo, temblando suplicaba clemencia y entonces mi padre ya vencido se retiraba y yo volvía a suplicarle que hiciese de monstruo nuevamente y me devorase, para zozobrar sobresaltada ante su hierática figura, temblar pegada a la pared entre el terror incierto y la seguridad de saberlo mi padre. De pronto se desplomaba sobre la cama, con los pies sobresaliendo sobre los resaltes del panel de madera. Los domingos íbamos a su cama, una vez levantada mi madre, nos atenazaba entre sus piernas y nos tirábamos encima  hasta que extenuado nos decía basta, hubiese querido que durase toda la vida, aquello sí era felicidad, tal vez la única que realemente he tenido. Me hacía ponerle las zapatillas cuando llegaba a casa, como un ritual, y esperaba este momento para después peinarlo y repeinarlo y alborozada sentame en sus rodillas. Cualquier actividad la convertía en una aventura, caminaba a trote borriquero hasta los "Tres Molinos" subiendo Urgel arriba, yo lo acompañaba jadeante con tal de estar con él.  Nos sentábamos a descansar en un banco de la Diagonal, cuando todavía no teníamos coche y veíamos pasar a los hinchas del fútbol que bajaban en riadas a coger el metro de la Gran Vía. Todavía recuerdo sus ojos vivarachos, sonrientes, inyectados de cansancio y de duermevelas, su sillón  orejero, su radio, sus libros, sus innumerables libros. Admiraba su elegancia, su porte, su forma de hablar, la consideración con la que trataba a la gente. Un día descubrí tras la tapa de uno de "Pesca submarina"(¿?) una frase que me emocionó sobremanera  "Aunque no os lo parezca porque sea ya mayor o haya muerto, este libro formó parte de una de mis aficiones por esa época"(1966), lo descubrí tarde y todavía lo conservo. Pero la infancia pasa deprisa, los paseos cogida de su mano, los veranos calurorosos del ensanche barcelonés, la escuela, mis trenzas, mis pecas, mis pequeñas manos, mis muñecos, mis zapatillas de ballet, mi gato. Llegó de pronto y no supe qué hacer, me sentía sola, mi hermano estaba sumergido en su mundo de transformadores, de radios de galena, de cables y tornillos, ajeno a todo lo que le rodeaba. Mi padre suplía a mi madre inmersa en sus angustias y fobias. Pero yo notaba que ya le era violento que me sentara en sus rodillas, que le molestaban los cambios en mi cuerpo y me reñía por mis medias blanquecinas o mis minifaldas.¡Si llega a ver las de ahora!
Mi padre no entendía mis quince años, seguramente porque no hay escuelas de padres y después porque las versiones venían vía mi madre que los entendía menos. Mi madre tenia un amor casi enfermizo por mi padre y creo que al ser mi carácter parecido al de él, me veía inconscientemente como una competidora,  era como una niña mayor, con sus miedos y sus obsesiones, se quedó sin padre a los ocho años y su madre al quedar viuda ejerció de maestra no teniendo demasiado tiempo para criar a sus cinco hijos. 

A mi padre le fusilaron al suyo un 21 de Agosto del 36, su madre se quedó con cuatro hijos, el más pequeño de cinco años. No dejo de pensar en que si a mí la situación social y política actual me afecta, qué no debía pasarles a ellos.

Mi madre no entendía que ella tuviese que pasar con un presupuesto ajustado y que mi padre fuese  tan desprendido priorizando a mi abuela y a sus hermanos antes que a nosotros; esto hizo que a mi madre se le despertaran unos celos casi patológicos. 
Desde los dieciséis años que yo trabajaba, porque mi padre quería que tuviera un "futuro asegurado" en el Ministerio, mientras estudiaba sexto de bachillerato por las noches. Mi hermano, en cambio, hizo sus estudios de Ingeniería sin trabajar hasta que tuvo veinticinco años. Desde luego para mi hermano la única ciencia válida es la Ingeniería, estirpe a la que pertenece. Los demás somos "otros seres" dotados de menos dones.

Mi padre murió cuando teníamos diecinueve años y fue un duro golpe para todos pero sobre todo para mi madre, que se quedó desvalida. Yo hacía tiempo que me había independizado y estaba esperando mi primer hijo, que nació una semana después en la misma Clínica donde él había fallecido. Estuve sola cuidándolo porque mi marido, que ya prometía, se quedaba a dormir en casa, mi madre rezaba en la Iglesia y a mi hermano le dio un ataque de nervios. Toda la familia me dejó sola, no sé si creyeron que así expiaría "mis culpas" de ser una hija rebelde (me gustaría saber qué culpa tenía yo de hablar catalán, de tener y defender opiniones políticas diferentes). Fue muy duro para mí, por ver a mi padre que se moría y no poder hacer nada y porque tenía miedo le pasase algo a mi hija, pero mucho más duro fue para mi padre. Me dijo que notaba cómo lo quería pero eso a mi no me fue suficiente,  yo lo que hubiese querido es evitarle el sufrir y tener miedo. Era julio y ni tan siquiera podía consultar a los médicos. Lo desnudé yo.¡Con lo alto que era y estaba como un niño indefenso!. Escribió en mi mano que viniese mi madre y mi madre no fue capaz de poder ir. Murió a mi lado, entonces yo pensaba que se iba a otro mundo mejor y eso que todavía no sabía cómo era éste. Mi hija era muy parecida a mi padre, entonces si hubiese podido la habría cambiado por él. Después  aprendí a quererla y cuando llegaron sus hermanos el camino ya estaba abonado y fue fácil  quererlos. Mi  madre no vino a verme porque estaba muy afectada y lógicamente mi hermano menos, el resto de la familia había marchado... Bueno, tampoco vinieron a mi boda, tan solo mi padre. Mi madre fue a la Iglesia pero después marchó porque se iban a celebrar su cumpleaños. En honor a la verdad creo que en todo esto también influyó Albert, mi marido, que era una persona intransigente y egoísta que no pensó en mí para nada. Albert era una persona introvertida y problemática al que conocí en mis clases nocturnas. Era muy dominante, con muchos problemas, pero lo admiraba porque lo consideraba inteligente y seguía a pies juntillas su teorías porque las creía lógicas y las admiraba. Pero era yo la que le leía y explicaba en mi afán de no quedar atrás, de estar a su altura. No era nada romántico y destrozó todo el encanto que yo creía que debía tener una primera relación, o tener un hijo, o ser amada. A medida que me fui ganando un espacio, él sintió peligrar el suyo y se convirtió con el tiempo en mi peor enemigo.  Pero yo huía de mi madre y me encontré sin darme cuenta tirando adelante una familia sin la ayuda de nadie.
Mi madre se quedó sola con mi hermano y fue un difícil tándem que anuló la vida de los dos. A mí me hacía visitas de tres minutos a pesar de estar mis hijos. Hasta que no fueron algo mayores no se los quiso quedar, ni una tarde, y estaba en su derecho, bastante nos había aguantado a nosotros, pero fue difícil trabajar  y estudiar con ellos pequeños y sin ayuda.
Albert y yo queríamos estudiar, se decidió, o decidió, que me quedaría con los niños hasta que él acabase la carrera y después sería yo quien estudiaría, pero no había hecho el servicio militar  todavía porque quería hacer milicias universitarias, pero por unos conflictos con el sindicato de estudiantes le tocó irse de Infante de Marina a Cartagena y eran veinticuatro meses. Conseguí, después de remover Roma con Santiago, que lo trasladasen a Barcelona.  Sólo entraba mi sueldo y haciendo malabares compré a plazos un seiscientos y me saqué el carné de conducir. Embarazada de mi segundo hijo, me levantaba a las cinco de la mañana para dejarlo en la Comandancia y después dejar a mi hija en casa de mi suegra, para recogerla después e irme a casa. Siguió estudiando Sociología (creo que nunca la acabó) y llegaba  a las diez de la noche cuando ya había puesto a los niños a dormir.  Volvía cansada de mi trabajo y tenía que hacer todo lo de la casa y cuidar a los niños  y leer. Después el estudio incluyó los fines de semana y finalmente decidió que la Facultad lo llamaba y nos dejó. Era duro tener que llevarlos tan temprano a guarderías o colegios, pedir vacaciones por sus enfermedades (era dificil en aquellos años trabajar y tener hijos). Noches de insomnio y después a trabajar, en un trabajo absurdo y anodino. Persecuciones en el trabajo, el compromiso sindical, el compromiso político, el estudio, divorcios, soledades.
Yo estudiaba como podía, pedía apuntes en junio y me presentaba en septiembre y sólo suspendí una asignatura en toda la carrera. Estudiaba por la noche, después de recoger la casa y leer a la Kolontai o Rosa Luxembourg. Pero disfruté de mis hijos y hubiese deseado poderlos disfrutar mucho más, eran niños maravillosos, dulces y cariñosos con los que pude jugar y hacerme mayor. Su padre desapareció de sus vidas cuando la mayor tenía ocho años. Al principio venía algún fin de semana  y si le coincidía con alguna reunión se los dejaba a una amiga y así hasta que al final despareció del todo. "Para ser mal padre a medias, lo seré del todo" y así fue. A los dieciocho años y después de dejar de pagar la pensión los citó en su casa para cobrarla. Tuvo dos hijos de un nuevo matrimonio  y trabajando en la misma oficina él, sin ningún tipo de recato, los paseaba ante mi despacho  y colocó ostentosamente en su mesa del trabajo. sus fotos. Los enseñaba orgulloso, cuando ni veía a los "mios". Les tuvo que volver a pasar pensión pero una vez enterado, presuntamente por el acceso a este tipo de información confidencial  que tenía por su trabajo, que tenían un contrato temporal para acabar sus estudios,  los denunció y  les dejó de pasar la pensión tras la renuncia de ellos. Me parece singular que sea ahora capaz de afirmar como afirma en una entrevista que fui yo, su primera esposa, quien  por miedo bautizó a sus hijos. Bueno, lo que está bien es que diga "sus" no "mis", y que por primera vez los cite, pero tendría que recordarle que en aquella época y con diecinueve años, pocas decisiones tomé autónomamente. Rompí con la religión después de la muerte de mi padre o incluso antes.La moral no la da la religión, la moral la tiene cada uno. Jamás, solamente en estas pintorescas noticias, han sabido de él.
Mi madre en sus visitas de tres minutos a casa.

Mi madre pasó una temporada fuera con su hermana porque mi hermano se casó y esto fue un duro golpe para ella. Se sacó el carné de conducir y después no cogió nunca el coche que pasó a ser, junto a todo lo demás, de mi hermano. Cuando volvió, mis hijos iban a cenar a su casa y les dio mucho cariño. Se encontraba muy sola, porque a medida que mis hijos crecían se fueron alejando y ya no iban a verla  a pesar de mi insistencia.  Pero fue muy injusto porque fue muy buena abuela, sobre todo con los tres mayores, ya que con la pequeña se sentía ya mayor.
Mi vida sufrió muchos avatares y acabé yéndome a vivir a un pueblo cercano.  La llamaba cada día y me explicaba lo sola que estaba, le decía que se viniese conmigo pero nunca quería, siempre era estar con mi hermano.
Unos días antes de su muerte vino a casa y la llevé donde pude y la traté "como a una reina", decía, era muy educada y estaba encantadísima...¡Por primera vez!.¡Qué poco sabía que sería la última!

Tan solo abrir los ojos tras la operación me dijo "quiero irme contigo". Los médicos nos dijeron que marchásemos tranquilos a casa. 
Cuando la volví a ver había muerto, sola,  en la UCI. 

Solo tengo su planta, sus versos, sus recuerdos en una bolsa que todavía no me atrevo a abrir. Por eso cuando vi la primera flor en la planta no me lo podía creer.¡Qué regalo más maravilloso!

jueves 14 de enero de 2010

Siguiendo con mi vida


Nací niña y esto lo supe más tarde. Mis primeros recuerdos son mis sábanas con diminutos pollitos, pollitos que inundaron vestidos y baberos. Mi madre bordaba pollitos y abejitas por lo que mi primer dibujo fue un pollito. En aquella época por mi casa corría un libro de gallinas con el que me entretenía. Había gallinas de todos los tipos pero las más altivas, las de más alcurnia tenían las plumas doradas y sus patas azuladas, era de raza Prats. También recuerdo las novelas de mi madre, de árido contenido amén de alguna ilustración y el colorido de sus tapas.
Mi primera casa era de baldosa roja, con una terraza trasera y una cocina económica y un fogón eléctrico, era un primer piso de una casa de pueblo antigua, con balcones a la calle.
Todavía allí no habían llegado las gallinas, allí teníamos una gata que tuvo siete gatitos . Sorprendentemente, pasaron a ser una, “Colina” que era una gatita de color canela que cada vez que oía mi llanto  se abalanzaba sobre mí, histérica, y tenía que acudir toda mi familia a rescatarme. También recuerdo los caramelos de diez céntimos que mi padre compraba en un kiosco de la estación cada domingo.
Mi madre se esforzaba en peinarme con limón, supongo que le hubiese gustado que tuviese un pelo ondulado como ella y poderme hacer hermosos tirabuzones, pero la realidad es que tenía cuatro pelos y ella no cesaba en su intento.
Recuerdo la sala de estar y el comedor con mi trona azul celeste que se convertía en una silla con su mesa y la paciencia de mi madre con sus cuentos.
Un día de verano hacía un calor insoportable, mi madre había salido, y mi padre estaba con su habitual pantalón de pijama a rayas, intentando compaginar la difícil tarea de lidiar con nosotros y descansar seguramente de alguna guardia.
No entiendo si deduje que era Reyes por lo insólito de la aparición, o por qué mi padre nos lo dijo, pero a media tarde nos abrió el balcón y allí aparecieron unos juguetes. Mi muñeco era de porcelana, de coloreados mofletes y pelo pintado.
Pero la dicha fue corta para mi padre, ya que era tanto mi alborozo, que el muñeco me resbalo de las manos cayó al suelo y se hizo añicos.

También recuerdo el cajón de la coqueta de mi madre, que cuando ella marchaba a misa me dedicaba a abrir y descubrir sus tesoros escondidos. Me maravillaba un camisón que no recuerdo con exactitud su color, tal vez malva, era de raso, de tacto  frío y de una suavidad infinita para mis dedos ávidos en descubrir texturas y sensaciones. También guardaba una corona de azahar, de flores marchitas y ajadas, restos de su tocado de novia.
Mi abuela había pasado una temporada en París y había traído tela para hacerme unos vestidos, y me encantaba tocarla y acariciarla.  No entiendo el por qué, pero mi madre no las utilizó nunca y tampoco unas aplicaciones hechas de crochet para una mantelería, que corrieron por casa años y años.   
Yo no sabía pronunciar la “r”, perro era “pego”  y me esforzaba en aprender, iba corriendo hacía mi padre y cuando articulaba la palabra ya se había gangueado con gran frustración por mi parte.
Nacimos o nos hicimos acróbatas. Mi padre se vanagloriaba de nuestras aptitudes y en la playa del Saler o en medio de una plaza nos enarbolaba cual bandera. Nos cogía de un pie y nos alzaba y nosotros hacíamos las consiguientes piruetas con brazos y pierna.


Pero una habilidad que solamente sabía hacer yo era el recitar, sin equivocarme, todas las provincias de España. La que llevaba peor era Guipuzcoa porque me costaba mucho pronunciarla. Pero si contamos que tan solo tenía tres años era una habilidad digna de mención, como mínimo la paciencia infinita de mi padre, que cansado y agotado perdía su tiempo haciéndome aprender tan absurdo contenido.  Pero estoy convencida que gracias a ello poseo una memoria importante y que ahora me permite rememorar mi infancia con exactitud casi fotográfica.
En mi memoria siempre existe mi hermano. Según dicen nació veinte minutos después de nacer yo y lo recuerdo rubio, con pecas como yo y al que siempre quise proteger.
En esta primera infancia no existían demasiadas diferencias en cuanto al vestir y al trato. Mis vestidos llevaban falda y los suyos pantalones. A él lo peinaban con colonia y a mí con el consabido limón.
Pero se imponían sus juegos y los míos quedaban relegados a un segundo término. Eso sí me compraban recortables y me pasaba horas vistiendo a mis muñecas de papel.
Un recuerdo traumático son las múltiples caídas rodando por las escaleras, y la operación de amígdalas. Nos llevaron engañados, recuerdo un  hospital siniestro, a las afueras de Valencia, fuimos en Taxi y tan solo llegar nos separaron. Me entró mi madre en brazos y me dejó en una habitación de baldosas blanca y aparatos metálicos y con alguien vestido de blanco que me hizo abrir la boca y me la inmovilizó. Después salimos con bufandas y pasamos la convalecencia en casa de mi abuela en Valencia, cantando una canción de Blancanieves y comiendo helados.

martes 29 de diciembre de 2009

Mi abuela Luz

Creía que no había heredado absolutamente nada de mi familia materna y que todos mis rasgos incluido mi carácter eran herencia directa de mi padre. Creí que  mi hermano, al que no encuentro parecido alguno con familiar conocido, es el que debe tenerlos de  mis parientes maternos.
Es curioso pensar que obligatoriamente nos parecemos a alguien, de ser así y no tener rasgos autóctonos, hoy por hoy, sería imposible saber a que ancestro deberíamos remontarnos para encontrar similitud.
Desconozco casi a los hermanos de mi madre y dispongo de pocas fotos de mis bisabuelos como para poder adjudicar algún parecido.
En el legado de mi madre aparecieron unas fotos antiguas y entre ellas las de una joven de aspecto dulce y delicado. Va vestida con una blusa ajustada en el cuello y el pelo oscuro recogido en un moño. También aparece acompañada de otra joven y por su parecido diriase que son hermanas, las dos van elegantemente vestidas.
Entre otras fotos hay una en la que está con un hombre de grandes bigotes y aspecto divertido y los rodean cinco niños, entre ellos descubro a una niña de profundos ojos y enorme lazo en la cabeza y en la que reconozco a mi madre.
Después hay unas cartas escritas a plumilla y con hermosos dibujos. La letra es pequeña y clara y están dirigidas a ella y le explican lo duro de la convalecencia y las diferentes opiniones de los médicos que lo tratan. Es optimista y les envía abrazos a los niños.
También hay una postal del Hotel Castilla de Toledo y unas cuantas cartas de agradecimiento de alumnas, un titulo de Sagasta y recortes de artículos del periódico y de discursos de ella.
Después las fotos pasan a ser diferentes, una mujer de edad indefinida , de cabellos que pasan de grises a blancos pero con el mismo aspecto a lo madame Curie, vestida de negro y rodeada de alumnas.
Al final descubro unas pequeñas fotos de carné, con sus gafas de gruesos cristales, uno de ellos esmerilado y como encogida y enjuta, es la abuela que yo recuerdo. Pasaba temporadas con nosotros, como una de esas abuelas “golondrina” que ya sin casa se pasean de hijo en hijo. Pero mi abuela no perdió jamás su dignidad, tal vez porque siempre tuvo sus propios ingresos, aunque las clases pasivas no daban para mucho en aquellos tiempos, pero yo la veía sola y desvalida.
En esa foto me recuerda a mi madre, no vi envejecer a una ni a la otra. Una por estar cerca y la otra por haber llegado a mi vida en esa edad que se envejece lentamente y que simplemente la palabra abuela la deja sin edad o mejor dicho la deja en “abuela”.
Es curioso pensar que no te das cuentas de tus rasgos hasta que el tiempo los homogeneiza y entonces aparecen caricaturizados, es entonces cuando los reconoces familiares.
Hoy el espejo me ha traído su imagen, he visto esa boca mía que no reconocía en la joven de las fotos, ni en la niña del lazo, la he visto en esa mujer cargada ya de historia que parapetada tras sus gruesos lentes aparece en aquella pequeña foto de carné, y también me he visto en las pocas fotos que tengo de mi madre.